viernes, 31 de enero de 2020

DÍA DE LA PAZ

Por EMILIO VERA, 4º ESO

La paz no es solo la ausencia de guerra; es un conjunto de valores como el respeto a la vida, la libertad, la igualdad, la democracia, la educación, la tolerancia, la educación, la cooperación, la igualdad entre hombres y mujeres o el respeto al medio ambiente.


El derecho a vivir en paz es algo con lo que se ha soñado a lo largo de la historia, pero no podemos hablar de paz mientras haya una sola víctima de hambre. No podemos hablar de paz mientras se sigan vendiendo armas y la guerra sea un negocio. No podemos hablar de paz mientras el dinero destinado a las guerras sea mayor que el dinero destinado a la educación o la sanidad. Y no se puede hablar de paz mientras haya miles de familias separadas contra su voluntad.

Silencio que mata, que destroza. Corres mientras lágrimas recorren tu piel. Corres para vivir; corres o mueres, lucha entre países, cruzar frontera o morir. Cruzas y qué. Tu familia no ha cruzado, no tienes nada. Caes, te recorre un frío y se oye un silencio, un silencio que mata

La guerra solo sirve para dividir a las personas, sin embargo, la paz es la multiplicación de todo amor y bienestar. Tanto la violencia física como psicológica solo busca hacer daño, suele ser amiga de la inseguridad y la ignorancia, de la liberación de energía de manera rápida, brusca e irracional. La falta de inteligencia emocional provoca la violencia, prima y hermana de la guerra. 

La guerra es la peor manera de resolver un conflicto: destrozan casas, edificios, poblados… Muchas familias mueren, pasan hambre; violan mujeres, torturan física y emocionalmente. Y todo esto, ¿a causa de qué? ¿Para saciar la sed de sangre? ¿Por diversión, por gusto? No. Es por falta de conciencia, por falta de empatía, por falta de saber resolver los problemas dialogando. Si tenemos mucha cabeza para unas cosas, ¿ por qué no también para esto? 

Tras una guerra no hay ganadores, tan solos supervivientes. Ciudades repletas de polvo y pólvora, sin vida; y si la hubiese, completamente destrozada: sin hogares, sin familias y sin identidad, al haber sido destruido cuanto se conocía. 

Tras una guerra, solo queda una distopía de lo que una vez fue la vida.

Tras una guerra, cada día es levantarse con el miedo a morir, mas a su vez, con la certeza de que uno está preparado, porque ya no merece la pena vivir entre escombros en un mundo sin presente ni futuro; en el que la presencia y las repercusiones del pasado son tan palpables como el dolor que aún perdura y que guía a la extinción si nadie es capaz de encontrar y promulgar la Paz. 

Hay que buscar esa “paz interior” que ayude a controlar los sentimientos agresivos humanos, porque al fin y al cabo el ser humano creo la guerra para destruirse a él mismo.



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