sábado, 23 de noviembre de 2019

Noviembre: un mes de relatos de terror en la BIBLIOTECA

Este mes de noviembre podemos disfrutar de una selección de novelas y relatos de terror en la BIBLIOTECA del centro. Para recordaros esto, y como homenaje a este género con tantos seguidores, los alumnos de 2º ESO B os presentamos una serie de relatos de miedo ambientados, precisamente,  en una biblioteca y que escribimos por estas fechas. Empezamos con  uno de los mejores.


Desde el principio de los tiempos, el ser humano ha buscado mandar sobre la gente con la que convive; desde tempranos tiempos en la prehistoria, cada hombre gobernaba su tribu, cada rey gobernaba su pueblo, los reyes luchaban, ganaban batallas, y, por lo tanto, más poder, para intentar satisfacerse, convencerse de que ellos están por encima de todo. Cada gobernante ha sufrido falta de afecto. Cada uno de los que lee este relato ha sufrido falta de afecto, el que os cuenta su historia también; y eso no es más que un problema que está en nuestra mente, y ninguno de los sabios lo han manifestado, nadie lo ha investigado, y por eso, compartimos todos el vacío invisible que hay en nuestros corazones. Simplemente, tenemos el afecto necesario, pero la mente avariciosa pide más. Cuando quieres más de lo que tienes, menosprecias todo lo que tienes.
En 1933, se desató una época de odio en Alemania, algo inhumano que la dividió en dos: en personas que odiaban, y en personas que odiaban ser odiadas. El holocausto trajo un desnivel en el mundo, causando la mayor manifestación del odio, la guerra en el mundo y una guerra interior alemana entre gobernadores y ciudadanos. Yo lo pude sentir, porque trabajaba para el mal.
Mi familia era una familia muy rica; vivíamos en una mansión muy lujosa en Berlín, tenía dos hermanos por delante de mí. Vivíamos a gusto económicamente, nos permitíamos una gran variedad de lujos.
 La llegada de Hitler y su gobierno coincidió con una situación sentimental muy difícil para mí. Me sentía apartado por mi familia; sentía que me faltaba afecto; empecé a odiar. Recién cumplidos los 16, me presenté en el ayuntamiento de Berlín dispuesto a servir y a hacer posibles los deseos de Adolf Hitler. Sin importarme lo que pensaran mis padres, me fugué de mi casa y me dispuse a realizar la primera tarea. Me encargaron recoger libros escritos por gente con pensamiento anti alemán para la quema de libros del 10 de mayo. Recibí un uniforme y me dispuse a recoger libros en una pequeña biblioteca camuflada en la riqueza de Berlín, con un grupo de jóvenes, y estábamos liderados por el director del acto, un tal Gerald Schneider. La recolecta empezó a tempranas horas de la mañana.
La biblioteca era pequeña, y al entrar, se podía percibir un cálido aroma a páginas, incienso y madera. Nos esperaba una anciana que ardía de furia y dolor moral, nos gritaba, lloraba y viceversa. Le dolía incluso el aliento, y cuando perdió la esperanza, se acercó a mí, me agarró y me amenazó:
-Lo lamentarás, maldito bastardo, y te ahogarás en el infierno y tus descendientes se avergonzarán de ti.
La mujer me dio una patada, y mis compañeros me protegieron y la tumbaron de un empujón. Dolorida, la mujer se dejó el alma en gritarnos.
- ¡Lo lamentaréis malditos bastardos! ¡Muerte a la quema de libros!
Me paseaba por los pasillos sin rumbo alguno, hojeaba los libros y si se mencionaban ideas que nos desprestigiaran, los metía a la bolsa. Al mismo tiempo, me perdía en mi pensamiento y me planteaba si abandonar mis estudios. Pensaba en construirme una supuesta vida cómoda. En un momento dado, me dormí interiormente, mirando un libro de Shakespeare y un compañero me interrumpió:
- ¿Hola? ¿Hay alguien ahí?
Me sacudí. Y, aturdido, le respondí tartamudeando:
-Si, lo siento, me he despistado.
-Y tanto -rió-. 
Hablaba con un chico rubio de mi edad con cigarro en la boca y pude reconocer, tras un tiempo, que se trataba de uno de los compañeros que me defendió del ataque de la mujer bibliotecaria. Se presentó:
-Me llamo Ernst Schmidt, el que te salvó de aquella vieja.
Le respondí vagamente:
-Sí, te recuerdo, Ernst. Me llamo Hans Furtwängler. Encantado.
-Igualmente, Hans, no veo muchos libros en esa bolsa. Yo ya tengo dos bolsas llenas, aligera, Hans.
-Yo escojo bien los libros -se rió como si yo fuera un caso perdido y él, un camión de sabiduría.
-Exacto, Hans, investigas y buscas mensajes antinazis en libros de Shakespeare. Es importante buscar bien…
Los minutos pasaban lentamente, convirtiéndose en horas mientras me horrorizaba y me avergonzaba de los pensamientos anti alemanes. No obstante, la bolsa seguía medio vacía.
Me percaté de que la mayoría de los libros trataban sobre la brujería, y era curioso, pues la bibliotecaria era bruja, tenía varios libros dedicados y el olor a incienso era firme y abundante en todos los pasillos.
Mirar los libros me agotó, y casi caigo en un sueño profundo, pero un fuerte grito se oyó en toda la biblioteca. Retrocedí hasta la entrada y pude ver a la bibliotecaria que yacía en el suelo, con una nota que decía: “Haz tú el trabajo por mí”. Retrocedí  y se lo comuniqué al jefe, Gerald. Llegó a una conclusión y lo comunicó a todos los presentes alrededor del cadáver:
-Ha muerto de infarto. Que alguien llame a alguna ambulancia. ¡Vamos! ¡A trabajar!
Volvió todo como era antes, y dediqué mis pensamientos a averiguar el significado de aquel mensaje. En un momento dado, pude escuchar otro grito en otro pasillo. Lo escuché otra vez y advertí que se acercaba a mí. Era Ernst, que con el rostro pálido me pedía auxilio:
-Ayuda, por favor. ¡He visto un fantasma! 
Me asombré. ¿Por qué me pedía auxilio a mí? Le di un voto de confianza y puse mis manos sobre sus hombros.
-Relájate. ¿Qué has visto? Descríbemelo.
A Ernst le costaba respirar.
-Se caían los libros a mi alrededor, no había viento… Escuché un sonido parecido a afilar un cuchillo. ¡Créeme! - me suplicaba. 
Me empecé a preocupar, pues podía ver una verdad en sus labios y pánico en sus ojos. Decidí ir a investigar al pasillo. Andaba lentamente, analizando todos sus elementos. No pasaba nada. Todo estaba tranquilo.
-No pasa nada, Ernst. 
¿Es una broma? Ernst se había marchado. “Es una simple broma”-objeté en mi cabeza- pero el fantasma me negó la afirmación, pues oí un libro caerse. Palidecí al ver que había un libro abierto y se podía leer:
“Su familia al enterarse de su muerte, no se entristeció, pues él era un hijo que la abandonó despiadadamente. No se le celebró ningún funeral, y cayó en el olvido”.
Saqué y cargué el revólver. Me sudaban las manos; me temblaban las piernas. Apunté al libro y al fondo del pasillo; no sabía a dónde apuntar, pues el fantasma podría estar en cualquier parte. Retrocedí lentamente, con el dedo rozando el gatillo. Al volver a mi pasillo, me di de bruces con el director, que me miraba enfadado.
-¿Qué haces, Hans? ¿Eres el que estaba gritando?
-No. Era Ernst. Verá, nos ha ocurrido algo muy extraño…
-Da igual -me cortó- No estás trabajando y no sé por qué ¡Vamos!
Era obvio que una persona como él no iba a creerme, era razonable, así que busqué a Ernst, que estaba al pie de una pila de libros en el suelo. Estaba paralizado.
- ¿Ernst?¡Responde!..
No parpadeaba, y tenía la mirada perdida en la pila de libros. Me acerqué a él y ni siquiera reaccionó. De repente, se desplomó, sin más. Podía haber muerto del susto, o del trauma de verlo morir, pero eso no ocurrió. Le apliqué todas las técnicas de reanimación que conocía. Me di por vencido y busqué en uno de los libros de brujería cómo resucitar a los muertos. El libro se llamaba “Codex mortuus est”. Al dar con la página empecé a leer apresuradamente, sin embargo, las páginas empezaron a arder y, con ellas, mi brazo. Me dejé la garganta y pedí auxilio.
Me auxiliaron cinco personas con el director, que exclamó:
- ¡Qué rayos pasa!
- ¡Ayuda! – susurraba, esperando mi muerte. 
Pero me auxiliaron con rapidez y el fuego cesó. Exclamé:
- ¡Está muerto! ¡Está muerto! -repetía. 
Mis compañeros no me comprendían.
- ¿¡Quién está muerto!? – exclamó nervioso el director, Gerald.
Intenté gritarle:
- ¡Ernst! ¡Ernst está muerto! 
Señalé su cadáver.
-¡ Está muerto!
Gerald me cogió de hombros y ordenó a uno de mis compañeros:
- ¡Desaloja la biblioteca! ¡Desaloja la biblioteca!
Tras dar la orden, Gerald se tornó blanco, incluso sus ojos. Fue tragado por el suelo. Uno de los presentes se desmayó, otro se desplomó y murió del trauma. Palidecí. Deseaba la muerte, pero no la de mis compañeros, así que guié a mis compañeros hacia la salida.
El chico que recibió la orden del difunto director corrió gritando y repitiendo la orden del director para correr la voz por toda la biblioteca. En cuestión de minutos, todos nos dirigíamos a la salida. Creíamos estar salvados por la campana, pero las puertas empezaron a cerrarse sin influencia humana en ellas. Cerré los ojos esperando despertarme de un sueño en mi cama, pero no fue así. Así qué me incorporé y corrí hacia las puertas. Delante de mí iba un compañero. Cuando se iban a cerrar, pude adelantarle y salir gracias a Dios. Aquel chico tenía atascada la mano.
-¡¡Hans!! ¡¡Ayúdanos!! 
Tiré de su brazo hacia mí y cuando lo tenía firmemente agarrado, pude ver en segundo plano una boca de reptil negra como la boca de un lobo que engullía a todos los que se quedaron atrapados. Me desmayé.
De eso tengo un vago recuerdo y creo que vi arder la biblioteca, con bomberos luchando contra las llamas y los agentes intentando reanimarme.
Ni siquiera esa muerte en masa frenó la quema de libros y empecé a razonar sobre mi vida y los nazis. Me borre de la lista y ni siquiera un ascenso a cabo me persuadió
Hoy, con setenta y cinco años, sigo lamentándome de la decisión de convertirme en nazi. Fue una manera de arruinar mi vida y la de mi amada familia sólo por esta supuesta falta de afecto. La vida se me escapa y nadie me acompaña. Lloro al verme y en ver en lo que me convertí, pues lo que más miedo le da al hombre no es un fantasma o el diablo. Lo que más miedo le da es morir solo. Y por eso lo relato aquí, porque nacerá algo parecido al holocausto. Es el hombre y su triste naturaleza.  Sólo intento evitar que alguna de vuestras vidas se parezca a la mía. No cometáis este error. Yo seré olvidado. Probablemente, nadie me pondrá flores, pero puedo morir tranquilo sabiendo que alguien ha leído esto y le ha servido.
Quizás Dios me comprenda y perdone, pues sólo soy un pobre pecador que cayó en la tentación.
FIN

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