jueves, 10 de enero de 2019



RELATOS

Temas de actualidad a través de los magníficos relatos de SAMUEL YAGO ABRIL , 1º ESO B


Si empezara diciendo que ocurrió en una tarde en otoño, es probable que puedas imaginarme caminando en una estrecha y larga calle con edificios de otro siglo, y un vasto manto de hojas de almendro. Caminando solitario y emitiendo el sonido de las hojas crujiendo. Las farolas son también de otro siglo, y ofrecen una tenue luz, sin lograr iluminar las calles completamente. 

Es el prototipo que tenemos en la cabeza de una tarde de otoño, pero aquello no ocurrió en esa tarde de otoño. La de aquel día era una tarde lluviosa, con sus calles inundadas, con poca luz y tanto farolas como edificios, de este siglo. Era la lluvia la que la dejaba desierta. Y yo caminaba sin rumbo alguno, pues disfrutaba de aquello. De las calles inundadas, y de ver cómo la lluvia afectaba a las personas emocionalmente. Las entristecía, las hacía exigentes, nerviosas e insatisfechas. 

En aquella tarde de lluvia, tras dar un par de vueltas a las calles medio desiertas, me senté en un banco, y me ordené mis proyectos en la cabeza, y me imaginé mi jornada del siguiente día. Me percaté que era igual que la de el anterior. Un bucle que no aparentaba tener ni origen ni desenlace. Por eso salí ese día, quería extinguirlo. Todos los días de lluvia me encerraba en mi hogar, rodeado de una manta, sin embargo, ahí estaba yo, empapado hasta los límites de lo ordinario, hurgando en mi pensamiento profundo, cuando un fuerte grito me despertó. Era un grito de mujer, agudo y breve. me asusté y empecé a preocuparme. Lo siguiente que pude oír fueron unos pasos acompañados de un característico sonido que producía al pisar los charcos.

Empecé a ver, era una mujer que doblaba la esquina. Y pedía auxilio a gritos. Así que, me dirigí hacia ella, y le pregunté:
-¿Puedo ayudarte?
Ella frenó y respondió hiperventilando:  
-Debes hacerlo.
La acompañé a un refugio que yo conocía bien. Mi apartamento. 
Íbamos caminando y la notaba muy angustiada. Ni siquiera la conocía. Ni siquiera qué le ocurría. 
Al llegar a mi apartamento, me respondió a todas esas preguntas que tenía en la cabeza.
-Me encontré con un grupo de hombres ebrios que pedían algo de mí, les dije que no, que era imposible. No creo que me recupere de esto. 
Me mostró heridas en los brazos y en en el costado. Eran terribles las imágenes que veía en  mi cabeza. Y de improviso, aquella chica me leyó la mente. 
-Fue mas horrible de lo que parece. Llama a la policía.
 Atónito, hice lo que pedía. 
 Tras ese día, vi la violencia de género de otra manera. Sentí más empatía por todas las mujeres que sufren. Y por las que sufren pero que lo tienen que callar.
-Bueno, supongo que sabréis lo que pasó, ¿no?
Me miraron con ojos brillantes y grandes.
-Sí. Os casasteis.
-Y aquí estamos. 
Les dije, risueño.
-Gracias a Dios. 
Respondió, escueta.

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