jueves, 17 de marzo de 2016

Treinta años y un mes en la mar

Carmen Sola, 2º ESO A

Todo empezó un seis de diciembre. La mañana comenzó tranquila, a las siete el pueblo ya estaba despierto preparándose para un nuevo día, un barco pesquero salía a la mar como todos los jueves, lo que no sabían  era que ese barco tardaría años en volver a aparecer.

Nuestro pequeño aventurero miraba con fascinación el mar mientras que los demás marineros, su padre y su tío entre ellos, preparaban todo para tener las redes listas en el momento en el que el banco de peces que alimentaba su pueblo apareciese.

A lo lejos, se percataron de una tormenta que se acercaba a toda velocidad al pesquero. Trataron de virar sin ningún éxito, ya que el viento era demasiado fuerte para aquel barco. Todos los marineros, incluido nuestro aventurero, a excepción del capitán y de los hombres más fuertes, entraron en el camarote, ya que en la cubierta era prácticamente imposible mantenerse en pie. El pequeño aventurero, mientras tanto, soñaba despierto con las historias de sirenas y otros seres que le contaban desde pequeño, en las cuales siempre había una tormenta y tras esto algo los ayudaba a volver a su hogar.

Una fuerte sacudida hizo que todo el barco temblase, y luego nada. En menos de un segundo el rugido de las olas se silenció y el continuo movimiento del barco cesó de golpe; la calma reinó en el barco y, tras esta, el desconcierto.

Poco a poco, los marineros salieron a la cubierta, donde los pocos hombres que estaban junto al capitán en el momento de la tormenta se arrodillaban mirando a la proa del barco.

-¿Qué ha pasado?, ¿y la tormenta?, ¡poneos en pie!, las preguntas se arremolinaban en las bocas  de los marineros
-Un milagro-fue la única respuesta que dio el capitán antes de meterse en en su camarote.

Los días pasaban, parecía como si hubiesen hecho un pacto silencioso de no volver a nombrar lo sucedido. Con el paso del tiempo, los marineros fueron olvidando lo sucedido. El pequeño, por mucho que le preguntaba a su padre, uno de los hombres que estaban en la cubierta a la hora de la tormenta, no obtenía respuesta alguna, lo único que le decía su padre era que estaban en deuda con el dios del mar y que volviese al trabajo o el capitán se enfadaría.

Tras un duro mes de trabajo el barco volvió a casa, cuando llegaron , esperanzados pensando en su familia, se llevaron una gran desilusión al ver que su único recibimiento eran un par de gaviotas.

El pequeño, su padre y su tío, fueron a su casa, llamaron a la puerta, y una señora mayor y con el rostro arrugado se asomó al umbral de la puerta.

Nada más verlos, varias lágrimas cayeron por su arrugado rostro. Los tres hombres miraron extrañados a la anciana; el pequeño, con su inocencia, se acercó a la anciana.

-¿Mamá?- la mujer abrazó al niño con todas sus fuerzas, una vez se tranquilizó les contó todo lo sucedió.
-¡Habían pasado treinta años!
 

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