domingo, 29 de noviembre de 2015

1ª Edición Escuela de Escalada

Pablo Pastor Vidal 2ºC Bachillerato

Un agarre más… y otro.

Gota de sudor tras gota de sudor, callos en las palmas de las manos, antebrazos quemados y dientes apretados esperando seguir imprimiendo fuerza hasta agarrar la nueva pieza. Agárrala bien: si se te escapa, espalda contra la colchoneta y vuelta a empezar; si no, victoria y a por el siguiente bloque.

La escalada es eso y mucho más, y por “mucho más” me refiero a diversión, momentos de querer pasarlo bien y otros de concentración máxima.

En nuestro instituto tenemos la suerte de contar con todo un profesional a quien un día se le ocurrió “montar” un taller de escalada del que podemos disfrutar todos los alumnos, e incluso podemos medir nuestras dotes en las competiciones, tanto la del instituto (el día de las actividades de Navidad) como en las regionales.

Está claro que a todos nos encantaba subirnos de pequeños a los árboles haciendo honor a nuestros antecesores –y no falta quien compare a esto la escalada–, sin embargo, ese no es el objetivo –¡cuán primitivo sería!–. Vivir el deporte es experimentar su técnica y precisión. Iris nos enseñó todo ello desde las primeras sesiones, muy prometedoras.

Una de las cosas más favorables atendiendo a la escalada, es su facilidad para medir nuestro progreso y perspicacia: puede que, a veces, la fuerza no nos permita avanzar, por lo que una pizca de maña y paciencia se hacen necesarias  si pretendemos dar un salto hacia delante –y no solo metafóricamente–. Cada vez, los retos se tornan mayores: de ahí el afán, lo adictivo de este deporte. Por si fuera poco, seremos más ágiles y fuertes, observadores y precisos. Mens sana in corpore sano.

Aparte de nuestros intentos en el rocódromo del instituto (a fuerza de cada día, con nuevas piezas y retos renovados), se añadieron dos salidas: al rocódromo de vías del pabellón Cagigal y una última a roca (en un lugar más que fantástico para escalar, con unas vistas de la ciudad como en pocos sitios hay).

Era nuevo enfrentarse a alturas que no eran para nada comparables a las del rocódromo del instituto: incluso atados con arneses, más de uno no conseguía tragar saliva al hacérsele un nudo en la garganta en la primera subida en el Cagigal.

En roca  fue completamente distinto, pero, sin lugar a dudas, realmente entretenido: era un reto en el que cada uno buscaba los azarosos lugares donde colocar los pies donde buenamente podía, paso a paso hasta la cima. Fue toda una mañana de convivencia memorable para todos los que participaron, muy agradecidos a quienes lo hicieron posible: no solo Salva e Iris, sino también a Javi y a los padres que se prestaron para llevarnos.

¿Quién sabe? A lo mejor Iris ha echado semillas que le den como fruto a alguna nueva joven promesa. Creo, personalmente, que la escalada despertará un interés enorme a aquellos que la prueben. Me ha otorgado unas ganas inmensurables de seguir mejorando y poder disfrutar, cada vez más, en cada nuevo bloque.




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