lunes, 10 de marzo de 2014

Ámbar, capítulo III

María Jesús P., 2º ESO B


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Comencé a preguntarle mil y una cosas acerca de las sirenas, su vida, sus hábitos y su reina, y, cuantos más detalles conocía, más fuerza cobraba el plan que se formaba en mi mente. *Fin del cap. dos*

-Toma aire – ordenó, inquieta. Obedecí y, nada más hacerlo, colocó las manos en forma de bola y cerró los ojos con fuerza. Respiraba con mucha fuerza, y todo el cuerpo temblaba por el esfuerzo. Emitió un quejido leve, y comencé a preocuparme. Con un ruido de succión nada tranquilizador, toda la pompa fue atraída hacia ella, y, sin poder remediarlo, chillé. De repente, me encontraba suspendida en el agua, nadando, y completamente desorientada. Kisre me hizo señas y recuperé la consciencia. Abrió las manos muy lentamente, con cara de concentración absoluta. Era la viva imagen de la precisión Me quedé embobada mirándola, con el estómago encogido, tanto que ya la había descubierto por completo cuando la vi. Una pompa pequeña y brillante recorrida por miles de filamentos incandescentes, que se removía como si tuviese vida propia. Quizá la tuviera. Con dos golpes de la cola, Kisre se puso a mi lado y, de forma repentina y violenta, estrelló la burbuja contra mi rostro. Sentí un calambre fugaz, seguido de un escalofrío y, cuando abrí los ojos, comprobé que respiraba sin dificultad, y mirando hacia abajo, veía una especie de bolsa colgada de mis fosas nasales. Debía de tener aspecto de necesitar sonarme los mocas con urgencia. No sé muy bien si fue por esta imagen o por el alivio de ver este escollo salvado, pero solté una sonora carcajada.

Las terribles circunstancias me golpearon con mucha fuerza tras este arrebato, dejando más culpa que dolor a su paso. Antes de continuar con el plan, me paré a pensar en lo inestable que resultaba todo, sin embargo, ¿acaso había otra alternativa? Kisre me cargó a su espalda con firmeza, pero con cierto temblor. Si fuese humana y no estuviéramos bajo el agua, las palmas le hubieran sudado. Por suerte para ambas, no era el caso. Pasé las manos alrededor de su cuello con cuidado de no dañarla.

-Agárrate con más fuerza y no grites ni hagas ruido. Vamos a acercarnos mucho a zonas pobladas – sin darme tiempo a confirmar que lo había oído, me vi cruzando el agua, hasta el punto de que la velocidad me dañaba la piel. Ver nadar a una sirena no era nada, nada en absoluto, comparado con sentirlo en tu propia piel; el vértigo, el terrón y la tensión te elevaban a un grotesco pero maravilloso estado de desconexión, saliva ácida en mi boca. Cerré los ojos, dejándome llevar y regodeándome en aquella intensidad. Bajo mi cuerpo notada los músculos de Kisre en pleno rendimiento, y su disfrute. Poder nadar así debía de ser como volar.

Ella paró en seco y me solté, temblorosa, vacía tras tantas emociones fuertes y algo dolorida de tener los músculos en tensión, aunque intenté fingir normalidad. Hubiera querido expresarle de algún modo lo increíble que estaba siendo esto, pero alcé la cabeza y enmudecí. Estábamos en un imponente arrecife de coral con forma de palacio. Era la parte trasera, pero aún así, la ornamentación era exagerada. Era bonito, pero ante todo era ostentoso. Las miles de gemas centelleantes, las florituras recargadas, y su tamaño descomunal estaban diseñadas para intimidar y sorprender. Había barrotes en las ventanas, pero la seguridad no era su punto fuerte. No había que ser muy inteligente para ver que la confianza de aquella gente no era confianza, sino arrogancia manifiesta. Lo tomé como un desafío.

-Sube a mi espalda otra vez, te acercaré a esa ventana y quitarás los barrotes. Te convendría coger una piedra o algo para golpearlos.

-¿Por qué no los rompes tú? – pregunté, al tiempo que me agarraba a su espalda, con algo más de seguridad que la vez anterior, y una piedra con filo y contundente en la mano.

-Dicen que las ventanas tienen una especia de veneno que pudre las escamas. Tal vez sea un farol, pero no puedo arriesgarme. Las escamas de una sirena, en especial las de las manos, son muy sensibles, y es probable que la putrefacción se extendiera y acabara muerta en cuestión de minutos. Lo bueno es que nadie baraja siquiera la posibilidad de que una sirena y un ser de la superficie se alíen contra la reina, nos da el factor sorpresa.

-Y esa sirena, ¿en qué se diferencia de las demás? ¿Es como la realeza humana, es decir, igual pero con derechos hereditarios, o es más grande, rollo colmena y abeja reina? – dije, mientras golpeaba los barrotes con fuerza y frotaba la parte afilada. Era imposible hacerlo sin tocarlos, y, al hacerlo, comprobé que estaba pegajoso por un líquido extraño. Supuse que era el veneno, y di gracias al ver que no me afectaba de ninguna forma.

-Bueno, definitivamente no es como los humanos, a no ser que vuestros reyes y reinas vivan para siempre. Pero tampoco es más grande, sino simplemente más poderosa, y lista. Le hace creer a todos que, sin su control, los humanos nos invadirían y matarían en masa. Lo peor es que tal vez sea cierto. Sabe cosas que nadie más sabe, y tiene poderes. Magia oscura. Hay quien dice que controla todo el castillo desde una gran bola de cristal – paré de golpear en el acto.

-¿Cómo que todo? Entonces, ¿cuándo entremos nos verá?

-No, es solo un cuento para asustar a los niños y que no se les ocurra desafiarla.

-Pues el último cuento que me contaste era cierto, Kisre. Esto está lleno de una cosa que tiene toda la pinta de veneno. ¿Por qué no dijiste esto antes, cuando lo estábamos preparando todo?

-¿Ah, sí? Bueno, eso hace aún menos creíble lo de la pompa. ¿Para qué matar a alguien nada más tocar los barrotes si tienes el poder de vigilarlo y cazarlo para interrogarlo? Además, aunque así fuera, está demasiado ocupada hoy preparando los Ritos de Eternidad y Sacrificio como para vigilar nada, y no delegaría eso en nadie. Lo que nos tiene que preocupar son los guardias, de los cuales si te he hablado, y el tiempo del que disponemos, que también conoces, y es limitado.

-¿No te da la situación de que el plan se basa en conjeturas y que depende de la suerte?

-Sí, pero, ¿qué es lo que quieres que haga? No fui yo la que se empeñó en ir a por el niño del traidor, Isa.

-No me llames Isa, por favor. No me gusta. Llámame Isabel o Abel, o Izzy si quieres, pero no Isa.

-Abel, entonces.

Seguí golpeando la base de los barrotes, sin prisa pero sin pausa, durante más de media hora, con los músculos agarrotados, y las uñas rotas y sangrantes. Notaba que Kisre desfallecía bajo mis piernas. No soportaba estar tanto tiempo sin moverse, aleteando para aguantar mi peso. Finalmente, los barrotes cedieron con un chirrido muy ruidoso para mi gusto. Dejaban un hueco pequeño, pero no había tiempo de más.

Una vez dentro del palacio, Kisre y yo nos desplazábamos a toda velocidad, por caminos serpenteantes, siempre ascendiendo. Ahora se acercaba el auténtico peligro. Llegamos a las puertas de los aposentos reales, y comprobé con infanta alegría que Kisre había acertado en otra predicción arriesgada: no había vigilantes. La mitad de la guardia real acompañaba a la reina en sus ritos preparatorios, y la otra mitad estaba en las mazmorras, con Troy. A nadie se le ocurrió que nadie pudiera atacar las reservas de sangre de su majestad.

La puesta estaba cerrada con una cerradura común, que no se me resistió mucho. Había aprendido a forzar cerraduras con doce años, cuando el profesor de Educación Física nos retiró el uso de los balones de fútbol a las chicas por considerarlo poco apropiado. Entonces, unas amigas y yo decidimos coger el toro por los cuernos y colarnos en su preciado almacén. Recordando aquella experiencia, no pude más que sonreír al pensar en lo cierto que era eso de que cada experiencia tiene su utilidad. Abrí la puerta, y traté de no pensar demasiado en que aquella inmensa habitación subdividida en estancia era mayor que mi propia casa, y mucho más lujosa. Ignoré los extraordinarios muebles y toda aquella ostentación, y dando tumbos, me dirigí a una de las salas dentro de aquel gran cuarto. Y allí estaban, los tres enormes tanques que servían de reserva de sangre humana. Me estremecí de rabia y asco, pero entendí a la perfección a que se referían al hablar de sequía horrible. Dos de los tanques estaban vacíos, y el tercero se llenaba un cuarto de metro, es decir,  menos de una décima parte de su volumen. No sabía a qué ritmo consumía la reina, pero la imagen no era muy alentadora. El cristal era grueso, y supe que me iba a costar romperlo. Volví a coger el pedrusco, y, esta vez, en vez de golpear, rallé. Tras casi una hora de trabajo, la sangre empezó a salir. Retorcí la punta de la piedra, jadeando con fuerza. Tenía las manos llenas de cortes, y los pulmones ardiendo. El agua disolvía mis lágrimas incluso antes de que salieran, pero estaba desesperada. Aunque no me había girado ni una sola vez en todo el proceso, sabía que Kisre no se había movido de mi lado en todo el proceso. La sangre brotaba por el agujero de tamaño aproximado de una canica, hecho muy cerca de la base. Había poco tiempo, muy poco. Me subía a su espalda, y comenzó a nadar, sin detenernos para nada y derrapando en cada vuelta. En más de una ocasión estuvimos a punto de ser descubiertos, en gran parte debido a lo descuidada que era Kisre, pero, una vez más, arriesgarse era la única opción viable. Lo menos arriesgado, por así decirlo. La iluminación se atenuaba según descendíamos, y los corales de los muros parecían marchitos. Tuvimos que descender una especie de gran abismo en picado, casi bocabajo. A mitad de descenso, Kisre frenó y se esforzó en bajar en posición vertical, pues estaba teniendo arcadas. Comprendí hasta que punto no tenían por qué preocuparse por los humanos. Pero ellos no contaban con Kisre, ni con su madre, ni con los sentimientos y la conciencia… Pero pensar en los motivos por los que Kisre me ayudaba no era precisamente de utilidad para apartarme de las arcadas, no por asco, sino por nerviosismo. Siempre había sido una de esas personas que lo reflexionan todo, pero no era el momento de plantearme mi vida. Era el momento de luchar y ganar. Unas risotadas y gritos me sacaron de mis pensamientos. Kisre paró y me miró, y con ver su cara supe que habíamos llegado. Aquel era el momento decisivo, no podía salir mal. Todo estaba en nuestras manos.

-Creo… creo que deberías empezar ya, vamos muy pilladas de tiempo - le dije, con voz grave, asustada, per consciente de que tenía que sobreponerme como fuera.

-Ehhh… Sí, por supuesto. Allá voy – me respondió, algo desorientada.

Antes de que echara a correr (bueno, vale, a nadar rápido), le dije:

-Valor y suerte – me sonrió, algo extrañada. Salió corriendo, y en menos de dos minutos, llegaba por el corredor descendente a toda velocidad y con rictus de preocupación, los guardias la miraron con desconfianza, pero eso solo fue un instante:

-¡La sangre, la sangre de la reina! ¡Se está perdiendo, necesito ayuda, rápido! - Dijo, con muy bien fingida desesperación. Tas mirarse unos segundos, los guardias abandonaron sus puestos a tropel, los diez guardias, chillando y haciendo aspavientos. Kisre les siguió, tras dirigirme una sonrisa burlona y orgullosa. Que idiotas. ¿Qué utilidad representaban once personas para cerrar un agujero? Sin embargo, a juzgar por la escasa seguridad,  aquí en la celda si que eran muy necesarios. Pero mi felicidad duró poco, porque, si Kisre, una joven sin adiestramiento, era capaz de desplazarse a esa velocidad, no quería ni imaginarme ellos, guardias adultos. Además, con el tiempo que habíamos perdido con el… Bueno, con el tiempo que habíamos perdido, no tardarían nada en dar cuenta de que no había nada que hacer con el tanque. Tal vez estuviera vacío ya.

No era una cedo de barrotes, sino una mazmorra maciza, comunicada al exterior por una puerta metal con un grueso candado, Tras varios golpes y muchas heridas en las manos, el candado se rompió, pero, al abrir la puerta, descubrí, con horror, a un Troy inconsciente que feas heridas en la cabeza. Me apresuré a cogerle, pues, tal como pronosticó Kisre, todo el aire con que las sirenas llenaron la habitación se escapaba por la puerta. Le hice el boca a boca un par de veces, y el acabo abriendo los ojos, confuso y dolorido. Salí de la habitación, medio corriendo medio nadando todo lo rápido que podía, y dándole aire cada poco tiempo. Cuando la situación se volvió insostenible, oí a gente pasar a mi lado, una mujer chillaba, y dos otras personas le hablabas de forma temerosa. Me quedé quieta y traté de escuchar:

-Su Majestad, no sabemos cómo ha podido pasar. La traidora se ha arriesgado mucho, pero puede estar tranquila, no se repetirá.

- ¿Cómo que tranquila? Acabo de pasar por delante su una ventana reventada a golpes, una ventana que se supone que estaba reforzada con veneno fortísimo, y luego me decís que se han perdido todas mis reservas de sangre porque una traidora ha entrado y ha roto el tanque, y me encuentro a veinte miembros de la Guardia Real allí, perdiendo el tiempo como niños. Y ni siquiera podéis averiguar quién ha sido en culpable ¡Y quieres que me tranquilice!

-Pero su Majestad, estamos haciendo todo lo que podemos, todos los efectivos están preparándose para interrogar a todos los sospechosos de traición, y para buscar pistas. Hay dispositivos de seguridad por todos lados.

-Espera un segundo… Si todos mis guardianes están en la tarea de investigación, ¿qué pasa con mi prisionero? ¡No me digas que también lo habéis perdido!

-No, está a buen recaudo en las mazmorras, su Majestad.

-¡Idiota! Hay un intruso en palacio, nada está seguro aquí, sois unos ineptos. ¡Vivo rodeada de incompetentes!

-Por supuesto, su Majestad, ahora mismo bajaré a comprobar que todo está en orden y dejaré a un destacamento ahí.

-Ya tardas. Voy a hablar con el capitán de la guardia, tengo ciertas hipótesis sobre lo que ha podido pasar a las que ese inútil no llegaría en su vida. Parece que tengo que hacerlo todo yo.

Tomaron caminos diferentes, y el corredor se sumió en el silencio, mientras yo procesaba la conversación y lo que implicaba. No habían descubierto a Kisre y nadie sospechaba de ella, pero estaba segura de que la reina era lo suficientemente inteligente como para sumar dos más dos y ver que la presa había desaparecido con su pompa, y su carcelera era la misma que, por arte de magia, había aparecido en el castillo sabiendo todo lo que pasaba y distrayendo a los guardias para que cualquiera pudiera llevarse al niño. Kisre corría un grave peligro, pero, ¿qué podía hacer yo por ella? Sin embargo, por Troy y por mí misma sí podía hacer cosas. Le volví a hacer el boca a boca y seguí mi camino, indecisa. Pero, de repente, recordé lo que dijo la reina: “acabo de pasar por delante de una ventana reventada”. Podía ser una forma de hablar, naturalmente, o podían haber dejado un destacamento vigilándola, pero esa mujer no parecía dada a usar frases hechas, y su guardia tenía unos reflejos muy lentos a la hora de responder a ataques. Cuando se quisieran dar cuenta de que la ventana era una vía de escape para el posible traidor, ya estaría muy lejos. Llegué a la ventana y, nada más salir afuera, puse en marcha el último as en la manga de Kisre: reventar la burbuja. Al hacerlo, me quedaría sin aire, naturalmente, pero la presión me impulsaría hacia arriba a gran velocidad, y eso era lo que necesitaba, velocidad. Le pasé aire a Troy por última vez,  inspiré profundamente y desgarré la pompa con los dientes. Salimos disparados hacia arriba. Probablemente nos vieran, pero no importaba. Pensé en lo rudimentario que era todo el plan, lo simple, lo básico que era todo. Era un milagro que hubiera salido tan bien, aunque, ciertamente, no era tan milagroso. Kisre estaba ahí, y pronto sería descubierta. Era gracias a ella, no por otra cosa. Me pregunté si habría algún sitio al que pudiera huir. Y, de forma casi subconsciente, me pregunté si la volvería a ver. La razón me decía que no, que no era posible ni sensato. Pero, ahí, tendida en la arena, acunando a Troy, respirando el aire puro de la noche, me revelaba ante esa idea. El sol luchaba por alzarse en el horizonte, y se desperezaba con un tono rasado. Sin embargo, poco a poco se volvía ámbar coda vez más intenso y recordé sus ojos ambarinos. Y supe que aquello era solo un punto y aparte.

FIN.

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