lunes, 3 de marzo de 2014

Ámbar, capítulo II

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María Jesús, 2º ESO B


Pero, entre aquel revoltijo de preguntas y dudas, yo tenía algo muy claro: debía volver al lago.*Fin del cap. anterior*

Y así lo hice, tres días después de salir del hospital. Traté de llenar una mochila con cosas de utilidad, pero todo me pareció superfluo teniendo en cuenta la naturaleza de mi empresa. Además, no podía posponerlo más o algo horrible sucedería. Lo presentía, muy dentro de mí sabía que era así.

Me sumergí y descendí en vertical, pero, al no notar nada especial, volví a subir. Repetí esta operación varias veces, hasta empezar el plantearme olvidarlo todo y continuar con mi vida. Sin embargo, no paré y, tras lo que a mí me pareció una eternidad, la volvía ver. Allí estaba, como una saeta acuática, hacia mí a toda velocidad. Aunque había venido allí por voluntad propia, y con gran insistencia, algo en su mirada me hizo recelar y querer echarme atrás. A pesar de tener el mismo aspecto, el mismo tono ámbar y la misma luminiscencia, aquellos ojos no eran los mismos. Noté con mi cerebro que cedía ante la tenaz inconsciencia.

Sin embargo, no desperté en la arena ni en el hospital, sino en una gran burbuja. Agité la cabeza tratando de sacudirme la somnolencia. Comprobé que mi primera impresión era acertada, aquello se trataba de alguna especie de burbuja. Veía agua a mí alrededor, pero una pompa esférica de algún material flexible me separaba de ella. Tendría unos cinco metros de diámetro. Y, cuál fue mi sorpresa cuando descubrí, agazapado y llorando en un rincón, aún más pequeño que de costumbre, a Troy, el hermano de James. Lo llamé un par de veces con voz trémula, esperando disipar aquella especie de alucinación. Pero él levantó de golpe la cabeza y me miró desde los pozos de angustia en que se habían convertido sus oscuros ojos. Y supe que era real, puesto que mi imaginación no era capaz de crear algo así. Me acerqué y le toqué el hombro, y él se tiró a mis brazos, sollozando. Apenas habíamos cruzado un par de palabras anteriormente, pero, en aquella situación, éramos nuestro pequeño puente a la cordura.  Le mecí en mis brazos, traté de calmarlo con susurros y, cuando lo logré, le pregunté:

-¿Qué haces aquí? ¿Qué te ha pasado?

-Estaba en el lago, con mi hermano, y me cogieron unas… unas cosas que tenían cola y escamas, pero era como humanas y que daban miedo. James me dijo que me sacaría de aquí, que no tuviera miedo, que encontraría un modo, que juró que vendría. Pero no viene. ¿Qué va a pasarme?-con su última frase, infectada de desesperación y temor, retomó su llanto suave. No respondí, no pude. En mi cerebro, las preguntas sin respuesta se acumulaban en forma de zumbido ensordecedor y confuso. ¿Por qué nos retenían esas sirenas? ¿Por qué existían siquiera? ¿Era rescatar a Troy lo que pretendía James al bajar al lago aquel día? ¿Por qué no fue solo? ¿Por qué regresó? ¿Por qué todo carecía de sentido? ¿Qué no entendía? ¿Qué se escapaba a mi comprensión… o a mi conocimiento?

Dediqué la siguiente hora a tratar de romper la burbuja a base de golpes y arañazos, a ratos con violencia, a ratos con monotonía. Lo intenté hasta la saciedad, hasta desesperarme, pero de poco sirvió, porque aquel material ni se rasgaba ni deformaba de forma permanente.  De pronto, mi cansada mirada percibió unos movimientos en la lejanía acuática, y agudicé la vista para identificar su causa. Sin embargo, no me esforcé demasiado pues las cinco sirenas se acercaban a toda velocidad. Parecían todas iguales, con su espesa melena verdosa de algas y su piel cenicienta, con dientes, garras y un aspecto humanoide casi irreal, combinado con la cola de un descomunal pez. Llegaron junto a la burbuja y, con un gesto de sus huesudas manos, esta se abrió por un agujero del tamaño justo para que pasaran serpenteando. La pompa se llenó de agua hasta más de la mitad, y, justo cuando empezaba a preocuparme la posibilidad de que fuesen a ahogarnos, la última sirena cerró el agujero tras de sí. Troy comenzó a chillar y se alejó con brazadas torpes de ellas. Sin embargo, dos sirenas lo cogieron y lo arrastraron. Traté de impedirlo, me lancé hacia ellas, pero estábamos en el agua y no tenía nada que hacer. Chillé, y grité, pero ellas abandonaron la burbuja y me dejaron allí, encerrada, sola. Con lluvia salada en mis ojos, les pregunté qué iban a hacer con él, a dónde lo llevaban:

-No te preocupes, ya volveremos a por ti – oí su voz amortiguada por el agua y la pompa, pero noté que, más que una voz, era un graznido gangoso y desagradable.

Todas se alejaron nadando, excepto una, que me contemplaba dubitativa. Al ver sus ojos, lo supe. Ella me salvó la primera vez, ella no quería que yo estuviese allí:

-¿Qué está pasando? – le dije con tono implorante. No comprendía nada y estaba perdida en mi propio terror. Ella miró a ambos lados y volvió a pasar a la burbuja. Sin dejarle tiempo a decir nada, empecé a hablar, desesperada:

-¿Qué es esto? ¿Qué sucede? ¿Qué hago aquí? ¿A dónde llevan a Troy? – hablé muy seria, y tan rápido que temí que no lo entendiera. Me miró solemne, y percibí pena tiñendo el brillo amarillento de su mirada, y también dudas, y miedo, y algo más titilando en su interior que no pude identificar.

-Yo me llamo Kisre – dijo, con voz estrangulada y gangosa. Esperé a que continuase, pero se mantuvo en silencio y reparé en que seguramente esperaba que me presentase.

- Yo soy Isabel. ¿Qué hago aquí? – traté de calmarme, consciente de que, por algún motivo, parecía estar de mi parte.

-Hace unos días, consiguieron al niño. Todas se emocionaron mucho, se pusieron muy contentas. Hacía muchísimo tiempo que no conseguíamos humanos nuevos. Pero no estaba solo, iba con otro varón, uno casi adulto como tú. Creo que era su hermano. Él ofreció traer a alguien para hacer un cambio, un trueque – me bloqueé. No podía, no quería creerlo. Pero tenía sentido. James me había traicionado. El trueque era yo.

-Pero, ¿para qué nos queréis? ¿Qué queréis de nosotros? -dije, superando la desagradable sorpresa, decidida a preocuparme por lo más práctico. –No… ¿no comeréis humanos?

-No, nos alimentamos de algas y de plancton. No tiene que ver con la alimentación – dijo, esquivando  mi pregunta. A pesar de su huesudo y extraño rostro, su incomodidad era patente, y eso me asustó.

-¿Por qué estoy aquí, entonces? ¡RESPONDE!

-Nuestra sirena reina nos gobierna desde tiempos inmemoriales, y nadie quiere que eso cambie, en especial ella. Sin embargo, su longevidad no es gratuita. Cada cierto tiempo, debe bañarse en… en sangre de humano. Se conservan en un tanque y  teníamos mucha acumulada de otras épocas de bonanza, pero llevábamos mucho tiempo sin cazar y las reservas se agotan – aunque se notaba que deseaba hacerlo, no apartó la mirada de la mía, cargada de significado. Lo interpreté como una muestra de respeto. En esos ojos con los que tanto había soñado, que tan especial me hacían sentir, se reflejaba la ansiedad de su alma. Sentí cómo me venía abajo, como mi esperanza y mis fuerzas eran derribadas con insultante facilidad. Sin embargo, no me moví  ni lo deje translucir, pues algo me obligaba a mantenerme a la altura de las circunstancias, a aguantar sin reservas. Ese algo se encontraba en sus ojos.

-¿Y sabía James algo de esto? – tragué saliva, parpadeé y crucé los brazos, pues me temblaban las manos y buscaba un modo de ahogar el impulso.

-No estoy segura, pero eso creo. De todos modos, no van a cumplir su parte del trato. Planean sacrificar a ambos. Después de esta gran sequía, no renunciarán a sangre humana tan fácilmente. La palabra de una sirena no tiene ningún valor.

- Y entonces, ¿por qué me cuentas esto? ¿Por qué no me vigilas sin más, y me dejas morir por tu reina o por lo que sea? – una fría determinación se había apoderado de mí, salida de algún rincón de mi alma. No me conocía a mí misma. Necesitaba mantener el control para no desfallecer. Sin embargo, por dentro estaba desesperada y llorando a lágrima viva. No podía creer que todo fuera a terminar así, en ese lugar. Si al menos les hubiera dejado una nota a mis padres…

- Cuando yo era una niña, mi madre desapareció. Dijeron que tuvo un accidente y murió, pero no se encontró ningún cadáver, ni ningún rastro. Ella me dejó una nota, en la que ponía “Piensa, razona y actúa”. Tardé mucho tiempo en encontrarle sentido, pero no ha habido un día que no me lamente por todas las cosas que pasan aquí abajo. Pero no he hecho nada para impedirlas, y eso es aún peor que no hacer nada por no saber que existen. Soy cobarde, y malvada – dijo, con gesto apenado. Parpadeó muy rápido para ahuyentar las lágrimas, y contuve el impulso de acariciar su rostro. La piel gris y demás cosas que en un principio me habían resultado feas ahora escondían una singular belleza, algo indefinible.

-Pero tú eres diferente, no eres así. Tú puedes ayudarme, puedes hacer algo ahora. No es tarde para elegir quién quieres ser.

-Supongo. Supongo que podría llevarte a la superficie y decir que te escapaste, aunque el oxígeno sería un agujero importante en la mentira, solo una sirena puede acumularlo…

-¿Acumular oxígeno? ¿Cómo?

-No vale la pena que te lo explique, es algo genético, no se puede aprender. Se realiza una especie de conjuro con las manos y se condensa todo el aire de la pompa en una más pequeña que se sitúa bajo las fosas nasales del humano

-Pues haz eso, Kisre, haz eso y así podré rescatar a Troy. Él nos necesita, lo van a matar, y es solo un niño. Si hay un momento para actuar, es este momento.

-¿Estás segura de querer ayudarle? No lo entiendo.

-No hay nada que entender. ¿Por qué me ayudaste tú a mí? Eso tampoco lo entiendo. Por como hablas, parece que aquí abajo sea todo injusto y horrible, y sin embargo no se despertó tu instinto justiciero hasta que me viste. Las cosas a veces suceden así, Kisre – su mirada se perdía en la lejanía, triste y empequeñecida, y sentí mucha ternura. Algunas decisiones se toman antes de conocer siquiera que estás en una encrucijada, por mucho que duela, y en ese momento sale la verdad a la luz. No se puede hablar de verdad si no has decidido en unos minutos el destino de una vida.

-Bueno, y la pompa esa de respiración, ¿aguantará el tiempo necesario? – dije, apartándome de lo filosófico.

-Te doy mi palabra – aunque parecía tan incómoda y tímida como yo, lo dijo muy templada y segura, para hacerse valer.

-¿No decías que la palabra de una sirena no tiene ningún valor?

-¿No decías que yo era diferente?-ambas reímos suavemente.

Comencé a preguntarle mil y una cosas acerca de las sirenas, su vida, sus hábitos y su reina, y, cuantos más detalles conocía, más fuerza cobraba el plan que se formaba en mi mente.

CONTINUARÁ...

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