lunes, 24 de febrero de 2014

Ámbar, capítulo I


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María Jesús, 2º ESO B


Todo el mundo suele decir que, cuando algo importante está a punto de pasar, te sientes diferente, como si ese algo estuviese suspendido en el aire. Pero yo no notaba nada, tan solo la sorda felicidad que te produce una rutina que te agrada. Como cada domingo, me desperté temprano. Como cada domingo, íbamos a nadar al lago todos los compañeros. Como cada domingo, nos pusimos los bañadores, nadamos, chapoteamos y nos reímos. Pero aquel domingo, algo fue diferente. Notaba el gesto tenso de James, y su mirada seria y dura. Siempre fue arrogante, pero aquello nos pilló a todos por sorpresa. James se puso es pie y a gritos llamó la atención a todos los presentes. Dijo que, ya teníamos quince años, que éramos adultos. Dijo que no podíamos seguir chapoteando en la orilla como críos, que deberíamos avergonzarnos. Teníamos que ir a la parte profunda. Todos nos estremecimos y protestamos a gritos ¿La parte profunda? ¡Menuda locura! Aquello era peligrosísimo, todos lo sabíamos. No obstante, no habían pasado ni diez minutos cuando tomamos nuestras últimas bocanadas de aire antes de sumergirnos en una zona de más de cuarenta metros de profundidad. Era curiosa la forma que tenía James de que todo fuera siempre como él quería sin que te dieras ni cuenta, de hacer que todos le siguieran fuese a donde fuese.

Descendí a las profundas aguas, con la angustia anidando en mi corazón, al lado del temor. Cada pausado movimiento acuático me resultaba fascinante a la par que inquietante. Tras unos veinte segundos  de descenso vertical, percibí un ambarino e intermitente fulgor en las profundidades del lago, allá donde reinaba la oscuridad. Era tan tenue que pensé que lo imaginaba, pero fuertemente real. Seguí descendiendo más y más, hechizada y encandilada por aquel punto de luz que, de repente, se dividió en dos. A penas percibí como, uno a uno, todos mis compañeros, incluido el fanfarrón de James, regresaban a la superficie. Fui tan solo vagamente consciente de que llegaba a un punto en el que el oxígeno que consumía era necesario para el regreso, pero no retrocedí, preso de una extraña insensatez, de un aturdimiento maravillado, cautiva de la curiosidad, y de algo más, una especie de cuerda atada a mi corazón que tiraba hacia abajo, cada vez más abajo. Una fría neblina turbaba m mirada y entorpecía mis movimientos. Falta de oxígeno. Justo en el instante en que notaba que el peso del agua amenazaba con aplastar mi vacio cuerpo, reparé en qué originaba ese brillo: eran ojos. Oí un extraño bramido y, horrorizada, contemplé como el ser de los ojos ambarinos se abalanzaba hacia mí a velocidades impresionantes. No traté de huir, pues estaba bloqueada y sería inútil, aun más tal y como estaba. Lo último que recuerdo antes de perder el conocimiento es una garra acercándose a mi rostro.

Me desperté en el hospital, conectada a multitud de aparatos incomprensibles que pitaban y se iluminaban de forma molesta. Todos cuchicheaban y me miraban de reojo, con falsas sonrisas tranquilizadores de vez en cuando y frases conciliadoras desprovistas de todo significado, pero nadie me hablaba realmente, nadie me explicaba.  No fue hasta horas después cuando me dijeron que me encanotraron tendida en la orilla del lago, mojada e inconsciente, pero sin daños graves. Todos parecían coincidir en la extraña teoría de que, medio inconsciente, había subido a la superficie y había vaciado mis pulmones de agua, de forma casi milagrosa. Callé y fingi aceptar sin dudas la explicación, pero, en mi interior, cada ratificación de esa historia solo confirmaba lo que a mis ojos era evidente: me había rescatado una sirena.

Ni se me pasó por la cabeza contárselo a nadie. A la noche siguiente ya estaba en mi casa, con unos padre histéricos y consternados colmándome de amor, capichos y sobreprotección. Ninguno de los presentes aquel día dijimos ni una palabra contra James, compartiendo la culpa a partes iguales. Y es que no era cuestión de estropear más la situación, pues, tan solo unas pocas horas antes de nuestra escaramuza acuática, el hermano pequeño de James, de tan solo siete años, fue visto por última vez en dos días. Nadie tenía la más remota idea de su paradero. Pero, entre aquel revoltijo de preguntas y dudas, yo tenía algo muy claro: debía volver al lago.

CONTINUARÁ ...

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